Venezolanos cruzan frontera colombiana para comer Venezuelans cross Colombian frontier to eat

Cerca de 25 mil venezolanos cruzan el Puente Internacional para trabajar o intercambiar productos en el mercado negro.

CÚCUTA, COLOMBIA (14/AGO/2017).- Bajo un sol achicharrador a unos pasos de la frontera entre Colombia y Venezuela, cientos de hombres, mujeres y niños hambrientos hacen fila para recibir un plato de arroz con pollo, el primer alimento completo que algunos de ellos tendrán en días.Se calcula que unos 25 mil venezolanos cruzan a diario el Puente Internacional Simón Bolívar hacia Colombia. Muchos ingresan por unas cuantas horas para trabajar o intercambiar productos en el mercado negro, buscando artículos caseros que no pueden encontrar en Venezuela.

Pero cada vez con mayor frecuencia, llegan a la frontera de dos mil 200 kilómetros (mil 370 millas) de largo para comer en una de media docena de instalaciones que ofrecen un plato de comida a venezolanos pobres.
“Nunca pensé que iba a decir esto”, manifestó Erick Oropeza, de 29 años, un exempleado del ministerio de Educación de Venezuela que recientemente comenzó a cruzar el puente todos los días. “Pero actualmente estoy más agradecido con lo que ofreció Colombia en tan poco tiempo, que con lo que pude recibir en Venezuela durante la mayoría de mi vida allá”.
Las ciudades en la frontera con Colombia, como Cúcuta, se han convertido en testigos de primera mano de la creciente crisis humanitaria de Venezuela derivada del caos político que vive la nación y de su economía al borde del colapso.
De acuerdo con un sondeo reciente, alrededor del 75% de los venezolanos perdió un promedio de 8.7 kilos (19 libras) el año pasado. El gobierno colombiano ha hecho planes de contingencia en caso de un éxodo súbito y masivo de venezolanos, pero desde ya hay iglesias y organizaciones sin fines de lucro que están ayudando a los inmigrantes, motivados por imágenes de madres que cargan bebés hambrientos y hombres flacos tratando de trabajar en las calles de Cúcuta para llevar el pan a sus casas.
Paulina Toledo, de 47 años, una estilista colombiana que recientemente ayudó a dar de comer a 900 venezolanos, dijo que le dolió “en el alma” ver cuán hambrientos estaban.
“Nosotros aquí como colombianos, como cucuteños que estamos en la frontera, estamos viviendo esa misma situación y dolor, de verlos a ellos, cómo están sufriendo”, dijo.
La gente de ambos lados de esta porosa frontera siempre ha tenido un pie en el otro país: Hay colombianos que viven en Cúcuta y cruzan la frontera para visitar a familiares en San Cristóbal; hay venezolanos que hacen la travesía al revés, para trabajar o ir a la escuela.
Durante el auge de la industria petrolera en Venezuela, cuando Colombia era azotada por un conflicto armado que duró medio siglo, se calcula que cuatro millones de colombianos migraron al vecino país. Muchos regresaron cuando la economía venezolana comenzó a implosionar y después que el presidente venezolano Nicolás Maduro cerró la frontera en el 2015 y expulsó a 20 mil colombianos de un día para otro.

Oropeza dijo que ganaba unos 70 dólares al mes trabajando en el ministerio de Educación y vendiendo hamburguesas por su cuenta, el doble del salario mínimo venezolano, pero que aun así no era suficiente para alimentar a su familia de cuatro.
Una vez al mes su familia recibe una despensa de alimentos del gobierno, pero les dura solo una semana.
Desesperado por obtener dinero para alimentar a su familia, Oropeza dejó su empleo y viajó a la localidad fronteriza venezolana de San Antonio. Se levanta a las cuatro de la mañana para ser de los primeros en cruzar el puente hacia Cúcuta, donde gana algo de dinero vendiendo bebidas en la calle.

Oropeza se dirige directamente a “Casa de Paso”, un albergue administrado por una iglesia que ha servido 60 mil comidas a venezolanos desde que abrió hace dos meses. Unos dos mil venezolanos hacen fila a diario para conseguir un boleto a fin de reservar un lugar y después esperan hasta cuatro horas para que les sirvan comida en mesas de plástico instaladas al aire libre.

Varios empleados preparan pollo y arroz en gigantescas ollas. Voluntarios distribuyen cajas de jugo entre niños de apariencia cansada. Los adultos se sientan en silencio y saborean su plato de comida mientras varios pollos deambulan entre la gente.
Cuando Oropeza no presta ayuda en el albergue o espera en la fila en el lugar vende bebidas por el equivalente a 50 centavos de dólar. Ha logrado llevar dinero para su familia y ya pudo comprarse un teléfono celular, que no había tenido durante dos años.
El sacerdote José David Cañas dijo que su iglesia continuara sirviendo comidas “mientras Dios lo permita”.
About 25,000 Venezuelans cross the International Bridge to work or exchange products on the black market
Cúcuta, Colombia (14 / AUG / 2017)
Under a scorching sun a few steps from the border between Colombia and Venezuela, hundreds of hungry men, women and children line up to receive a plate of rice with chicken, the first complete food Which some of them will have in days.
An estimated 25,000 Venezuelans daily cross the Simón Bolívar International Bridge to Colombia. Many enter for a few hours to work or exchange products on the black market, looking for homemade items that they can not find in Venezuela.
But more and more often, they reach the two thousand and two-mile (230,000 km) long border to eat in a half-dozen facilities that offer a meal to poor Venezuelans.
“I never thought I would say this,” said Erick Oropeza, 29, a former member of the Venezuelan Ministry of Education who recently started crossing the bridge every day. “But at the moment I am more grateful for what Colombia offered in such a short time, than with what I could receive in Venezuela during most of my life there.”

Cities on the Colombian border, such as Cúcuta, have become firsthand witness to Venezuela’s growing humanitarian crisis stemming from the political chaos that the nation is experiencing and its economy on the brink of collapse.According to a recent survey, about 75% of Venezuelans lost an average of 8.7 kilos (19 pounds) last year.

The Colombian government has made contingency plans in the event of a sudden and massive exodus of Venezuelans, but there are already churches and nonprofit organizations that are helping immigrants, motivated by images of mothers who carry hungry babies and skinny men trying To work in the streets of Cúcuta to bring the bread to their homes.

Paulina Toledo, 47, a Colombian stylist who recently helped feed 900 Venezuelans, said it hurt “in her soul” to see how hungry they were. “We here as Colombians, as cucuteños that we are on the border, we are living the same situation and pain, to see them, how they are suffering,” he said.
People on both sides of this porous border have always had a foothold in the other country: There are Colombians who live in Cúcuta and cross the border to visit relatives in San Cristóbal; There are Venezuelans who make the trip backwards, to work or to go to school.
During the boom of the oil industry in Venezuela, when Colombia was hit by an armed conflict that lasted half a century, it is estimated that four million Colombians migrated to the neighboring country. Many returned when the Venezuelan economy began to implode and after Venezuelan President Nicolás Maduro closed the border in 2015 and expelled 20,000 Colombians from one day to the next.
Oropeza said he earned about $ 70 a month working in the Ministry of Education and selling hamburgers on his own, twice the Venezuelan minimum wage but still not enough to feed his family of four.
Once a month your family receives a food pantry from the government, but it lasts only a week.

Desperate for money to feed his family, Oropeza quit his job and traveled to the Venezuelan border town of San Antonio. He gets up at four in the morning to be among the first to cross the bridge to Cúcuta, where he earns some money by selling drinks on the street.

Oropeza goes directly to Casa de Paso, a church-run hostel that has served 60,000 meals to Venezuelans since it opened two months ago. About two thousand Venezuelans line up daily to get a ticket in order to book a place and then wait up to four hours for food to be served at plastic tables set up outdoors.
Several employees prepare chicken and rice in gigantic pots. Volunteers distribute boxes of juice among tired-looking children. The adults sit quietly and savor their plate of food while several chickens wander among the people.
When Oropeza does not help in the shelter or waits in line at the place sells drinks for the equivalent of 50 cents. He has managed to bring money for his family and was able to buy a cell phone, which he had not had for two years.
The priest José David Cañas said that his church will continue to serve meals “as long as God allows.”

 

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